Muchos científicos
cognitivos piensan que el razonamiento humano no se
realiza mediante un único ordenador para todo uso situado
en la cabeza. El mundo es un lugar heterogéneo, y estamos
equipados con diferentes tipos de intuiciones y de
lógicas, cada una de ellas apropiada para una sección de
la realidad. A estas formas de saber se les ha llamado
«sistemas», «módulos», «posturas», «facultades», «órganos
mentales», «inteligencias múltiples» y «motores del
razonamiento»(1). Aparecen pronto en la vida, se
encuentran en toda persona normal, y parece que se
computan en conjuntos de redes en partes distintas del
cerebro. Pueden ser instaladas por distintas
combinaciones de genes, o pueden surgir cuando el tejido
cerebral se autoorganiza como respuesta a los diferentes
problemas que haya que resolver y a los diferentes
patrones del input sensorial. Lo más probable es que se
desarrollen por alguna combinación de estas fuerzas.
(1) Caramazza y Shelton, 1988; Gallistel, 2000; Gardner,
1983; Hirschfeld y Gelman, 1994; Keil, 1989; Pinker,
1997, cap. 5; Tooby y Cosmides, 1992.
Lo que distingue a nuestras facultades de razonamiento de
los departamentos de una universidad es que no sólo son
amplias áreas de conocimientos que se analizan con las
herramientas que mejor funcionen. Cada facultad se basa
en una intuición nuclear que fue adecuada para analizar
el mundo en el que evolucionamos. A pesar de que los
científicos cognitivos no se han puesto de acuerdo sobre
una Anatomía de Gray* de la mente, existe una lista
provisional aunque defendible de facultades cognitivas,
así como de las intuiciones primordiales en que se basan:
*Autor de un popular libro divulgativo de anatomía y
fisiología humanas. (N. del T. )
•Una física intuitiva, que empleamos para seguir la pista
de cómo caen los objetos, cómo se balancean y se doblan.
Su intuición primordial es el concepto de objeto, que
ocupa un lugar, existe durante un espacio continuo de
tiempo, y sigue las leyes del movimiento y la fuerza. No
son leyes de Newton, sino algo más parecido a la idea
medieval de ímpetu, un «impulso» que mantiene en
movimiento a un objeto y que poco a poco se desvanece(2).
(2) Spelke, 1995.
•Una versión intuitiva de la biología o historia natural,
que usamos para comprender el mundo vivo. Su intuición
primordial es que los seres vivos albergan una esencia
oculta que les da su forma y sus poderes, e impulsa su
crecimiento y sus funciones corporales(3).
(3) Atran, 1995; Atran, 1998; Gelman, Coley y Gottfried,
1994; Keil, 1995.
•Una ingeniería intuitiva, que usamos para construir y
entender herramientas y otros artefactos. Su intuición
primordial es que una herramienta es un objeto con una
finalidad, un objeto diseñado por una persona para
conseguir un objetivo(4).
(4) Bloom, 1996; Keil, 1989.
•Una psicología intuitiva, que utilizamos para comprender
a las demás personas. Su intuición primordial es que las
demás personas no son objetos ni máquinas, sino que están
animadas por el ente invisible que llamamos «la mente» o
«el alma». Las mentes contienen creencias y deseos y son
la causa inmediata de la conducta.
•Un sentido espacial, que usamos para navegar por el
mundo y seguir la pista de dónde se encuentran las cosas.
Se basa en un sistema que actualiza las coordenadas de la
situación del cuerpo mientras se mueve y gira, y una red
de mapas mentales. Cada mapa está organizado por un marco
de referencia distinto: los ojos, la cabeza, el cuerpo,
los objetos y los lugares destacados del mundo(5).
(5) Gallistel, 1990; Kosslyn, 1994.
•Un sentido numérico, que empleamos para pensar en las
cifras y las cantidades. Se basa en una capacidad para
registrar las cantidades para números pequeños de objetos
(uno, dos y tres) y hacer un cálculo relativo aproximado
para números mayores(6).
(6) Butterworth, 1999; Dehaene, 1997; Devlin, 2000;
Geary, 1994; Lakoff y Nunez, 2000.
•Un sentido de la probabilidad, que utilizamos para
razonar sobre la posible ocurrencia de determinados
sucesos. Se basa en la capacidad para hacer un
seguimiento de las frecuencias relativas de los sucesos,
es decir, la proporción de sucesos de determinado tipo
que se materializan de un modo u otro(7).
(7) Cosmides y Tooby, 1996; Gigerenzer, 1997; Kahneman y
Tversky, 1982.
•Una economía intuitiva, que usamos para intercambiar
bienes y favores. Se basa en el concepto de intercambio
recíproco, en el que una parte concede un beneficio a
otra y, a cambio, tiene derecho a un beneficio
equivalente.
•Una base de datos y una lógica mentales, que usamos para
representar ideas y deducirlas de otras antiguas. Se basa
en las afirmaciones sobre qué es qué, qué hay dónde, y
quién hizo qué a quién, cuándo, dónde y por qué. Las
afirmaciones están unidas en una red que abarca toda la
mente y se pueden recombinar con unos operadores lógicos
y causales, como «y», «o», «no», «todos», «algunos»,
«necesario», «posible» y «causa»(8).
(8) Braine, 1994; Jackendoff, 1990; Macnamara y Reyes,
1994; Pinker, 1989.
•El lenguaje, que usamos para compartir las ideas de
nuestra lógica mental. Se basa en un diccionario mental
de palabras memorizadas, una gramática mental y unas
reglas combinatorias. Las reglas organizan las vocales y
las consonantes en palabras, las palabras en palabras
mayores y frases, y las frases en oraciones, de tal modo
que el significado de la combinación se puede calcular a
partir del significado de las partes y de cómo estén
dispuestas(9).
(9) Pinker, 1994; Pinker, 1999.
La mente tiene también unos componentes por los que es
difícil determinar dónde termina la cognición y dónde
empieza el sentimiento. Entre ellos se halla un sistema
para evaluar el peligro, emparejado con el sentimiento
llamado «miedo»; un sistema para evaluar la
contaminación, emparejado con el sentimiento llamado
«asco»; y un sentido moral, de tal complejidad que merece
un capítulo aparte.
Extraído de Tabla Rasa, Steven Pinker
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